UN CAFÉ CON ARACELI

in Asamblea General/Pack social by

“Yo os he contado mi vida, pero esta es nuestra historia”.

Pasaban algunos minutos de las 10 de la mañana cuando entraron en el Hemiciclo de la Junta General del Principado de Asturias, Beatriz Vázquez y Araceli Ruiz. Por alguna razón, se notaba en el ambiente que todos y todas esperábamos ansiosos por ver y, sobre todo, escuchar a Araceli, sin desmerecer el resto de ponencias que tuvimos la oportunidad de disfrutar a lo largo de la semana. Pero Araceli era diferente, despertaba una expectativa entrañable: como cuando tu abuela o tu abuelo toman la palabra en la sobremesa de Navidad y descubres historias increíbles. Araceli era la abuela de todos y todas en ese momento. Y así nos trató, como parte de su familia, como parte de su historia. Porque como bien dijo ella misma para concluir su ponencia “yo os he contado mi vida, pero esta es nuestra historia”.

Araceli es (fue) una niña de la guerra. Una de las 1100 criaturas de entre 5 y 13 años que partieron la noche del 23 de septiembre de 1937 desde el puerto de El Musel, Gijón, hacia un lugar desconocido para ellos/as: Rusia. País que se había ofrecido a albergar a los niños y niñas de la guerra.

En ese barco viajaba Araceli con 3 de sus 5 hermanas. No hubo despedidas. Fue una huida en toda regla: sin luz ni ruidos; a escondidas.

Hasta el primer trasbordo de su viaje, en Francia, transcurrió un día. Un día de esos en los que parece que las horas pasan a cámara lenta. Durante el viaje no comieron nada, pero para su sorpresa, a la mañana siguiente tuvieron un desayuno diferente: una cosa negra muy rara; caviar.

Finalmente, el 3 de octubre llegaron a San Petersburgo, Rusia. Araceli confiesa que los rusos se portaron muy bien con ellos/as y no se corta en deshacerse en halagos hacia el pueblo ruso. Cuenta que cuando llegaron, incluso olvidaron por un momento el ruido de las bombas de casa y es que

mientras que aquí éramos hijos bastardos, hijos de los perdedores; en Rusia nos esperaban con pancartas traducidas al español en las que se podía leer: bienvenidos los hijos del heroico pueblo español

Durante su tiempo en Rusia, los niños y niñas de la guerra recibieron cuidados y una educación, llegando el 50% de ellos/as a terminar una formación universitaria. De hecho, Araceli completó sus estudios en la Facultad de Economía del Ferrocarril y, tiempo más tarde pudo trabajar como técnico de construcción de carreteras.

A lo largo de los años, las hermanas fueron separadas y en 1945, con el estallido de la 2ª Guerra Mundial, volvieron a sufrir una nueva evacuación. Tras la guerra, volvieron a juntar a todos los niños y niñas españoles en Moscú, facilitando así, para alegría de Araceli y de muchos/as de ellos/as, evitar los matrimonios con rusos y rusas. De hecho, Araceli se casó con un español tal y como ella quería, concretamente, con un asturiano típico.

A partir de entonces comenzó otra odisea: el intento fallido de regresar a su tierra. Cosa que no sucedió hasta que, palabras textuales de Araceli “el Señor Franco esté en el puesto (en el cielo)”.

Entretanto, Cuba buscaba traductores para estudiar la economía rusa. Fue entonces cuando Araceli y su marido emprendieron su aventura cubana, trasladándose allí junto a su hija pequeña, que por aquel entonces tenía 6 años, para trabajar como traductores.

Fue en Cuba dónde Araceli tuvo el placer de conocer al Che Guevara. Y es que, hablando de él, le faltan las palabras para ensalzarlo y agradecerle todo lo éste hizo por ella y su familia. Porque fue el mismísimo Che, el que consiguió llevar a los padres de Araceli a la Habana para que se produjera el reencuentro después de tantísimos años; desde aquel septiembre de 1937.

Sus padres no tardaron en regresar a España, ya que el padre de Araceli estaba enfermo y decía que no se quería morir en Cuba a lo que Araceli, con el humor que le caracteriza, respondió

yo no me quiero morir en ningún sitio

Tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, pudo regresar a España. Fecha que recuerda con sabor agridulce ya que en septiembre murió su padre, del que no pudo despedirse, y en octubre su marido, sin poder descansar en paz en casa.

Ahora Araceli se siente feliz en Gijón, aunque asegura ser muy rusa, y procura ir todos los años a la que fue y considera su casa, para reencontrarse con otros/os niños/as españoles. Y para subsanar la distancia, sorprende ver la naturalidad con la que una mujer de su edad, dice que hace Skype con sus amigos y se ponen al día y se enseñan por la cámara “recuerdos y cosas de la casa”.

Desde su casa puede ver el mar, el mismo mar que la vio partir hace ya 80 años, pero que ahora se mantiene en calma y la relaja. Y es hoy, a sus 98 años, cuando Araceli asegura que no olvida y mantiene viva su lucha para todos aquellos que no corrieron la misma suerte.

Y, para terminar, nos regala una reflexión que es tan pura y sincera como lo es ella:

tengo dos nietos y un biznieto; ya soy rica

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Carlota Fernández.

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